Lunes 10 de Junio de 2013

La constante migración

  • Diario Democracia - Junin

El éxodo de los trabajadores no detiene su marcha. Se calcula que hoy ese sector es habitado por menos de un tercio de las familias que lo hacían hace veinte años. Los factores que influyen en un fenómeno que parece no tener fin.

CONSTANTE

Silvia Pereyra, Juan Carlos Romero, Rubén Percivale y María Etchegaray junto a las maestras jardineras y la directora de la Escuela Nº3

 

 

El poblador de campo es una especie en vías de extinción. La tendencia de los últimos cuarenta años, cuya síntesis redunda en un decrecimiento demográfico sin freno, y una sumatoria de factores que redujeron la necesidad de contar con muchas manos obreras, lo ratifican.


Para quienes busquen elementos más contundentes con los que respaldar esa afirmación, habrá que decir que de acuerdo con las estimaciones de entidades vinculadas a la actividad campestre (Sociedad Rural, por ejemplo), hoy la cantidad de productores que sigue eligiendo vivir lejos del ruido junto a su familia representa menos de un tercio del número de habitantes que residían en esas fincas a principios de la década del noventa. El éxodo ha sido poco menos que fulminante.


Si esos números (no hay estadísticas oficiales) no les resultan convincentes, los más preocupados por el asunto pueden tomarse un par de horas y recorrer los caminos de tierra que llevan hacia antiguos tambos hoy inactivos, hacia estancias que exhiben tranqueras con candados oxidados y hacia escuelitas que en sus últimas buenas épocas supieron reunir a más de cincuenta chicos en sus salones y ahora, las más dichosas resisten con una matrícula que apenas supera la decena de alumnos, mientras que otras se vieron condenadas al cierre.


Por esas llanuras ya no galopan tantos caballos, a excepción de algunos jinetes desperdigados que van y vienen arreando ganado, y menos aún se ve a los padres utilizando ese medio de locomoción para llevar a sus hijos a estudiar, imagen clásica hasta hace poco más de una década.


Los testimonios que pudo recabar Democracia de la gente que resiste pampas se entrelazan en una multiplicidad de variables que explican semejante derrame. “La siembra directa marcó un antes y un después para muchos hombres, ya que la aparición de ese mecanismo de cultivo dejó sin efecto la tarea de muchos tractoristas que antes estaban abocados a la preparación de la tierra pasándole el arado, el disco o la rastra. Esas actividades se fueron perdiendo y para el nuevo sistema no hacía falta más de un trabajador”, explicó Juan Carlos Romero, productor radicado en cercanías del paraje “La Agraria”, a 25 kilómetros del centro juninense.


María de los Ángeles Etchegaray, ama de casa de 34 años, esposa de un maquinista y madre de familia, dice que el campo es su lugar en el mundo, pero se lamenta de no tener tan cerca como antes a por lo menos una decena de amigos. “Para el peón o para el productor chico con familia a cargo está difícil proyectar una vida en este tipo de lugares, tal como lo hacían las familias de antes

. El primero porque está en relación de dependencia y, si no tiene estabilidad medianamente asegurada, está con la mente siempre alerta a encontrar algún puestito mejor; y el segundo porque a determinada edad, los chicos ya les empieza a tirar la ciudad. Eso sin hablar de las causas monetarias que lo pueden llevar a cerrar con llave su chacra, quizás alquilarla, y partir para la ciudad”, analizó Etchegaray, afincada a unos quince kilómetros de Junín

.  
Rubén Percivale acotó que el cierre masivo de tambos influyó en la migración. “En los años ochenta, en todo el partido había más de cincuenta; ahora, no sé si llegan a cinco”, comparó.

   
Silvia Pereyra, oriunda de Morse, evocó la infancia vivida junto a sus padres en esa zona del distrito y no pudo evitar emocionarse: “En cada casa vecina tenías un amigo con el que ir a jugar, los boliches a la noche se llenaban de gente que iba en familia y mientras el padre jugaba a las cartas, las madres charlaban o se prendían a los cartones de lotería y los nenes correteaban. Va quedando poco de todo eso”.


Para José Torres, sexagenario agricultor que se rehúsa a pensar en dejar su “fortaleza” ubicada a 10 kilómetros de Agustina, el influjo de los denominados “pooles” de campo fue letal. “Alquilaron grandes propiedades, sacaron al personal que estaba en el lugar e hicieron su negocio. Hoy dicen que no hay tantos por estos lados, pero el daño ya está hecho: la gente que se tuvo que ir cuando ellos llegaron con todo el capital a su disposición, no volvió nunca más”,  afirmó.

La escolarización, casi una ilusión

Un reflejo de lo que aconteció en los últimos cuatro lustros con la población rural son las escuelas, que de prestar servicio para casi un centenar de alumnos hoy subsisten con matrículas flacas en cantidad. A algunas ya le fue peor, como a la Nº14 –ubicada a 25 kilómetros de Junín, ocho mil metros tierra adentro-, que a principios de la década de 2000 cerró por falta de estudiantes.


Entre las que resisten se encuentra la Escuela Nº33, sita en el paraje “La Agraria”, que cuenta con catorce chicos entre jardín de infantes y primaria.
Democracia estuvo en el lugar y habló con la directora de ese centro educativo, Verónica Ferraresi. “Trabajar en este lugar es una realidad muy linda, muy distinta a la de la ciudad, porque las instituciones están organizadas por grupos. En este caso hay un solo grupo que va desde primer grado y hasta sexto grado, y yo me hago cargo de la enseñanza de los chicos”, graficó.


La docente señaló que “se nota mucho la relación estrecha que hay entre los estudiantes, y se nota también la relación que uno puede entablar con las familias. Es decir, más allá de que uno sea el docente o esté a cargo de la entidad, se crea como una especie de amistad. Se vive en forma de comunidad educativa como realmente tendría que ser. Se da más la relación persona a persona, mucho más ameno, más grato. Para mí fue un cambio en lo positivo”.
En un contexto que no invita a esperar un aluvión de nuevos alumnos cada año, Ferraresi comentó que el hecho de que sea una matrícula genuina de esta zona, hace que constantemente haya ingresantes

. “El año pasado egresó una chica y este año iniciaron primer grado seis alumnos, de manera que siempre tenemos un cupo que nos permite mantener la escuela abierta. No obstante, es una realidad que mucha gente de campo se ha ido a la ciudad y eso en cierta medida nos influye”, admitió la directora con total serenidad.


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